Saludos, un saludo
(a Lupita)


Saludos, un saludo. A veces cordiales, incluso afectuosos; otras sin más, a secas; y siempre indefinidos, sin concretar. Realmente no sé cuando empezó a utilizarse estos términos como despedida más o menos formal en una conversación telefónica o en una carta, correo electrónico, etc.; pero que yo recuerde no fue siempre así. Cuando empezó a ponerse de moda esta fórmula a modo de despedida, quizás a fuer de repetirla terminó sonando bien: parecía reflejar educación, corrección, ilustración; incluso en algunos casos confería a quien la empleaba un halo de distinción, de superioridad intelectual o de profesionalidad. De forma inconsciente y por mero acto reflejo, seguí la corriente contagiado por su aparente elegancia; pero en el fondo me sentía incómodo, había aglo raro que no entendía ni encajaba. La causa: nunca he asociado el saludo con una despedida sino con el principio de un encuentro, y con palabras y frases tales como “hola”, “buenos días”, etc., seguido a veces de “¿qué tal?”, ¿cómo te (o le) va?”,... o de una retahíla de preguntas sin fin sobre los diferentes miembros de la familia y sobre todo lo humano y divino que les concierne, aunque los presentes se hayan visto, hablado o escrito el día anterior, como es frecuente en países donde al parecer no tienen mucha prisa y sí todo el tiempo del mundo para estas cosas. Por el contrario, en algunas zonas rurales, los campesinos y otros lugareños a menudo son parcos en la expresión de los saludos y cuando te cruzas con ellos sólo emiten exclamaciones breves del tipo ¡eeh!, ¡ale! y otros vocablos sonoros frecuentemente incompresibles. Por lo demás, si el encuentro es en persona, los saludos, suelen ir acompañados de contacto físico: estrechar manos, dar palmadas sobre una parte del cuerpo y, en los casos más íntimos, besos o abrazos, a veces, por enamoramiento o querencia, intensos o fuertes. "Adios", "hasta luego", "que te vaya bien", etc., para mí no eran saludos, eran despedidas.

Cuando estaba dándole vueltas a ésto, Maite, una amiga, me dijo: "¿has consultado el diccionario a ver que dice?. Así que nada más llegar a casa miré en el diccionario de la RAE y busqué el significado de saludo: "acción y efecto de saludar; palabra, gesto o fórmula para saludar". Busqué el verbo saludar y ante mi sorpresa encredulidad, ponía: "dirigir a otro, al encontrarlo o despedirse de él, palabras corteses, interesándose por su salud o deseándosela, diciendo adiós, hola, etc.; motrar a otro benevolencia o respeto mediante señales formularias". De lo cual se desprende que los "adioses" y otras expresiones empleadas en las despedidas son también saludos, y que los saludos están íntimamente relacionados con la salud, de la que muy probablemente deriva el término: interés por la salud del otro, sobre la cual, supongo, se pregunta al principio de un encuentro; y por el deseo de que dicha salud sea buena en un futuro, expresado normalmente al final del mismo. Vale.

Sin embargo, nunca, cuando era niño ni después, a la hora de partir de una reunión me dijeron que saludara a nadie, sino que me despidiera de menganito y/o de fulanita, a los que previamente, nada más llegar, me había presentado y saludado, a veces advertido o bajo presión de otros (familiares, amigos, compañeros de trabajo, etc.). Por otra parte, apenas recuerdo una carta o un correo electrónico, formal o no, que comenzara con "Un saludo" o "Saludos".

Lo que sí es muy habitual en todos los pueblos y sociedades es que al despedirse se den o se manden recuerdos, besos, abrazos o saludos, dependiendo la elección del grado de confianza, a terceras personas -familiares, amigos o conocidos en común- que conviven con el otro o que éste ve a menudo. Y es probablemente de aquí de donde viene la costumbre, de tal manera que el “saluda a menganito”, “saludos (o recuerdos) a la familia” o “un saludo a tu mujer”, etc., se ha hecho extensivo a los propios interlocutores.

Yo propongo desde estas líneas acabar con esta formalidad al uso, a mí entender poco afortunada, y si no se nos ocurre ninguna frase de despedida (por ejemplo “tenga un buen día”, “atentamente”, “hasta la próxima ocasión”, etc.), creo que sería más acorde con la realidad finalizar nuestras conversaciones y escritos, en los que los interlocutores o destinatarios son personas no allegadas o desconocidas, con “una despedida”, “una cordial despedida” o una “afectuosa despedida”, dependiendo de según quién. Una buena manera de despedirse sería deseando toda clase de parabienes: salud, fortuna, felicidad, etc.

Por otra parte, hay gente muy veleta, entre la que en ocasiones, sorprendentemente, se encuentra algún familiar y amigo; que no sabe diferenciar una despedida formal de una amistosa o cariñosa, o sí lo sabe, dependiendo del estado de ánimo propio o del que tiene respecto al receptor, y del tema de que se trate, lo mismo te abraza que te saluda, o hace como si no te conociera de toda la vida. En estos casos, por lo general, la solicitud de favores siempre finaliza efusivamente con uno o más abrazos por despedida; mientras que cuando es al revés, se pone tierra de por medio marcando las distancias con un formal y frío “saludo”, que es peor, a mi juicio, que no decir nada. No sé que pensarán ustedes, pero a mí no me gusta esa gente que pasa del abrazo al saludo y viceversa con una facilidad pasmosa, de la noche a la mañana; aunque algunos lo hagan inconscientemente, sin reparar en el significado de formas tales, o por puro desconocimiento. También es bastante frecuente que las mismas personas que te abrazan con mucho entusiasmo y alegría nada más conocerte, y que al día siguiente te abren las puertas de su casa de par en par; sean las que con semejante celeridad y simpatía, no tardando mucho, te inviten a salir de ella y te la cierren a cal y canto sin mediar palabra. Sí, sobre el saludo en general hay mucho que hablar. Así, por ejemplo, en diversos ámbitos de trabajo he podido constatar decenas de veces que cuando a los otros les va bien y por lo tanto van que gozan, no sólo te saludan con gran animosidad y alegría, sino que rematan el saludo con tu nombre (“hasta luego, Juan”), a la par que su expresión o semblante deja traslucir: ¡qué yupi soy, yupi tú, yupi la vida!; pero cuando es al revés y al que le va bien es a uno, entonces no usan la misma receta, muy por el contrario no te saludan o si lo hacen es de mala gana y con un lacónico “hola” o “adiós”, o con una inevitable mueca de compromiso.
En fin, sin más me despido; o si lo prefieren ponga cada cual la frase que más le plazca y se ajuste a la ocasión y a nuestra telemática relación o cibervínculo emocional. Pero si vos sos amigo, nominal o platónico, si me siente como tal; recibid un grande abrazo hoy, mañana y siempre. Y a las musas, además, si se tercia y se dejan, besos a destajo.

Juan Rodríguez de Tembleque, 2013

 

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