Del espejo y el espejismo

(A veces me siento quijote
cabalgando a lomos
de este Platero de cartón
que me he regalado)


Y ahora voy y lo cuento:
me alucinan el limón
y el cangrejo.
Me paso siglos
viendo volar gaviotas,
y todos los siglos
me paso, de paso,
por los archivos,
por ver si alguien,
antes de mí,
desveló el misterio
del vuelo marinero.
Y voy y no lo encuentro.
No es de extrañar,
esa música la sueño.

La aventura me despierta
todas las mañanas
y me levanta de la cama
de un tirón.
Y de un tirón
la realidad de nuestros días
me devuelve a casa
con los ojos cansados
y las manos vacías,
¿tendrá final esta sinfonía?

Tengo tanta pasión
-que ya es locura-
por la negrura
que sueño ojos negros
con los ojos abiertos.

Me gustan a rabiar
los arabescos,
las vidrieras góticas
y la cerámica moruna;
y la mayor parte
de los días
en tierra adentro
me paso las horas muertas
hablando con Platero,
que ha sido el mejor
descubrimiento moderno
de la musa más antigua.

Cuando la noche, la luna.

Me meto por
todos los rincones
como los ratones.
Mucho de pájaro
y de ratón tengo:
si me espantan,
emprendo el vuelo
y me olvido del queso.
Y de gato, sí,
de gato solitario y blanco
que se mueve,
sigiloso, a su aire
con extrema parsimonia,
unas veces, otras raudo.
De “ratón que te pilla el gato”,
de “pescadilla que se muerde
la cola” y, ¿cómo no?,
de paria y de salmón.

Como el común
de los mortales,
me quedo ensimismado
escuchando el agua
de una fuente,
mirando un ascua
o contemplando
una ardilla.

Mi identificación con el sol es total.

Las chimeneas me gustan
cuando nieva o llueve,
crujiente de nostalgia,
anhelos e intimidad.

Me desagradan
los animales domésticos
o amaestrados,
el circo y la noria,
sobre todo esa noria
que cautiva vista desde fuera,
pero que dentro,
toda una vida,
hastía hasta hacer vomitar
al más pintado.

Tengo añoranza de lo antiguo.
En cualquier tiempo pasado
hubiese yo encontrado
mejor consuelo,
me digo al acabar el año.

Amo hasta el final.
Y por cada amor que intento
se me avería la cabeza.

Tengo pocos
enemigos prestigiosos.
El mayor de ellos
es mi razón,
pero parece ser
que es de nacimiento
y, si tenemos que habitar
toda una vida
bajo el mismo techo,
es mejor compartirlo todo,
hasta el sí y el no,
el sí y no.
Yo le planteo operaciones,
la distraigo con crucigramas
y sopa de letras,
y le propongo
cálculos de estructuras
y nuevas técnicas energéticas
para que no piense
y se entretenga,
mientras canturreo
por los jardines
o me declaro a una puta,
me subo al árbol
de la alegría
y hago el mono
como nadie.
Me gusta hacer el bestia
mientras a escondidas
escribo a Rosa
un poema azul
de Picasso
o pinto “un verde
que te quiero verde”,
de Lorca,
en los eucaliptos
de los corazones divididos.

A veces imagino.

Imagino que amo hasta el final,
que por cada amor que intento
se me escacharra la cabeza,
que contemplo una ardilla
olvidándome de mi esqueleto,
que busco y no encuentro,
que no es de extrañar
tanta sinfonía repetida,
tanta noria y tanto
hacer el mono
para que la gente se ría.

Imagino
que la aventura
me despierta
y me llena la cabeza
de sueños de hojalata
como el día anterior
y el pasado mes,
como el último año
y la década precedente,
ahora y siempre,
inmerso en una nube,
dando palos de ciego,
mordiéndome la cola.

----a Luis, septiembre de 1978


(Juan Rguez. de Tembleque)


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