Calma chicha

No sé,
después de tanto movimiento,
de tantas risas,
después de toda esta
calma chicha emocional
que me trabajé
a base de conocer
hacia fuera
y hacia adentro,
de dar rienda suelta
a los sentidos
y a los sentimientos,
y a pesar de los derrumbes,
de los que se sale,
si estás pa ello,
con tres cuartas
más de altura
y un delicioso
y práctico complejo
de nadie.

Después del alboroto
que supone
que nos queramos así,
a pelo, de pronto,
porque el amor
siempre nos pilla
por sorpresa,
y sin prisas,
porque lo nuestro
no es arrebato loco
sino lenta filtración
en corazón esponjoso
(a estas alturas
sólo años de contacto
y cariño empapan).

Después de compartir
tantas y tantas cosas,
de hacernos la sombra
hasta hablar realmente
el mismo idioma
con la misma medida,
de amontonar
conocimientos juntos
y dejarnos juntos las entrañas
en amigos comunes,
dedicar conjuntamente atención
al que pasa y necesita brasa.

Ahora que uno
se ha quedado en todo
y se ha esparcido
en diminutas partes
que laten por cuenta propia.

Ahora que las musas
tienen pereza
porque todo les suena
o porque no vale la pena
porque esto trae cola
y cadenas
o porque no hay
necesidad imperiosa:
por ahora sólo se come
de la prosa.

Ahora que me desvivo tranquilo
y me muero a pedacitos
de la manera más bonita
que conozco:
explorando tus labios
y tu instinto,
ejerciendo de amigo
y jugando a ser niño
el mayor tiempo posible
del tiempo permitido.
Ahora que no me siento solo
entre tanta gente…

Ahora -ya te digo- no sé,
he parado los engranajes
del mecanismo
“con viento en popa
a toda vela”,
interponiendo la pluma
como cordero
y concediéndome un espacio
en blanco,
salpicado de calma chicha
y mágico desahogo,
para ponerme a escribir un rato,
con prejuicios literarios
y a lápiz, como un novato.

("Malva"
Juan Rguez. de Tembleque)


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