P o e m í a s


Introducción


Tendría yo unos 16 años cuando, probablemente tocado por Cupido, empecé a leer y a escribir poesía bajo el influjo de la armoniosa melodía de los versos de Bécquer. Nada original ni anormal a esa edad: supongo que uno más entre ciento y la madre (*). Durante bastantes años, hasta mediados de los 80 –y esto sí ya es notorio y tal vez preocupante- continué escribiendo poesía, siempre de métrica y rima libre que yo sepa. Por mí pasaron Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, León Felipe, Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Walt Whitman, Blas de Otero y un largo etcétera. No publiqué ningún libro ni estuve o pertenecí a círculo literario alguno, tan solo asistí una o dos veces a las veladas poéticas que organizaba José Infante (*), por entonces galardonado con el Premio Adonais de Poesía, en la troje del entrañable y acogedor bar El Pimpi, uno de los clásicos de Málaga, con mucha solera e historia, que me trae a la cabeza más de un recuerdo, por obra del tiempo añejos; alguno nítido, intenso y agridulce, pero la mayoría, aunque difusos, dulces como la uva-pasa moscatel (*). En una ocasión tuve la osadía de mandar a la editorial Hiperión un conjunto de poesías, que titulé Malva, con la esperanza de que lo publicaran, pero por fortuna no lo hicieron (pues posiblemente hoy estaría arrepentido) alegando que no encajaba en la línea editorial. También creo que participé en un concurso, en todo caso sin éxito. Las únicas poesías mías que pasaron por la imprenta se encuentran en las revistas Arista, de la ETSII de Madrid, y La Corná, de Málaga; un par en cada una. Uno de los últimos poetas que me influyó fue Emilio Sola, cofundador del emblemático bar La Vaquería de la calle Libertad de Madrid, con su libro “La isla”, editado por la Banda de Moebius (*).


Con motivo del desarrollo de esta web invité y animé a mis amigos a colaborar en ella, a que, dado el caso, me enviaran algunas de sus obras, plásticas, artesanales o literarias, para colgarlas en Cajón de Arte y Desastre. A los que no viven del arte pero tampoco del cuento, aunque les gustaba la idea, por lo general les daba pudor exhibir sus creaciones, mostrar sus sentimientos ante seres desconocidos, por muy anónimos, semejantes y mortales que sean. Afortunadamente, venciendo la vergüenza, me remitieron sus trabajos y me permitieron colgar un trocito suyo en dicha sección. Yo no podía ser menos, tenía que echarle valor, dar la cara; así es que me puse a releer mis poesías de antaño (creo que no he vuelto a escribir desde mediados de los ochenta) y a buscar entre ellas algunas que a mi juicio hubieran resistido el paso del tiempo y con las que todavía pudiera identificarme. La primera sorpresa fue percatarme de que mi producción poética era considerablemente mayor de lo que recordaba. La siguiente es que en parte de ella no me reconozco, porque que no me gustara lo esperaba. No obstante, de la criba se han salvado unas cuantas poesías y fragmentos de otras, casi todas de amor -sentimiento que da bastante de sí y parece imperecedero- algunas de las cuales transcribo a continuación con mucho miedo, a veces con pequeñas modificaciones. También volví a leer, aunque por encima, las obras de mis poetas clásicos que en su día y en líneas generales me gustaron y, supongo, me influyeron. Por fortuna para mi ego me ocurrió lo mismo que con la mía, aunque en la materia que nos ocupa influye tremendamente el estado anímico del momento en que se lleva a cabo la lectura.

 



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De Vez en Cuento