Mentiras y muy gordas

(La gran cagada)




"Dentro" (acuarela). Luis F. Solance


Casi todo es una falacia. Nos mienten como bellacos. Estamos indefensos, indignados, pero nos sentimos impotentes. Cada vez más. Ya no sabemos que hacer, a quien recurrir. Nos arrollan, nos apisonan impunemente. Como corderos mansos nos llevan al matadero mientras algunos balan o entonan por las calles canciones inútiles que demandan un mundo más justo y mejor.

Tanto vendes tanto vales y más tienes, y el que más vende es, tristemente, el que mejor miente: nos gobiernan actores, por lo general mediocres (tampoco hace falta mucho talento para engañar al prójimo y primo práctico, que diría Aute) y hábiles encantadores de serpientes, y cuando no, algún niñato de buena familia y encefalograma plano, un pelele acomplejado, rencoroso e intelectualmente elemental, que resulta ser lo que aparenta; o un ingenuo con talante que se creía con suerte eternamente; o una sacro-santa marioneta, un tanto así, que no sabe, no contesta.

Seguimos siendo títeres de los poderes fácticos, que son los de siempre, igual de inmaculados e intocables. Nuestros votos y reivindicaciones, sus programas, se los pasan por el forro. Da prácticamente igual el signo político o la ideología, si algo queda. Todos los que nos gobiernan están al servicio de los mismos dueños y representan la misma farsa. La de siempre. Muchos de los que mandan son herederos del hampa que ponen y quitan, compran y venden. A veces -no lo pueden remediar- su aspecto de genuino gánster les delata claramente, pero otras van con sus hábitos vestidos de punta en blanco y tienen refinados modales, incluso les cuelgan crucifijos; son los descendientes de tercera o cuarta generación, que ya han pasado por Cambridge, Oxford o Harvard, que se pasean por la City de London o por Manhattan como Pedro por su casa.

A la mayoría de la gente les lavaron el cerebro para que terminasen adorando al becerro de oro, y por su propio pie entraron en el juego amañado de este falso libre mercado a pesar de los enormes riesgos que comporta el “sálvese quién pueda”, la ley de la selva; y todo por si, con un poco de suerte, eran ellos los elegidos y les tocaba la Chochona, el Chollo o el Pelotazo en la tómbola de la feria ultraneoliberal, porque el sistema sólo premia a unos pocos, por lo general trepas sin escrúpulos carentes de formación, cultura y valores cívicos. Y lo hace a costa de menguar y esclavizar a los otros. Como si del teorema de Arquímedes se tratara, los ineptos y corruptos salen a flote y sobresalen de los demás hundiendo con malas artes, en igual medida o proporción, a sus semejantes, y muy especialmente a los competentes y honrados, los verdaderos parias de este sistema, los apestados de esta sociedad de consumo. En eso son unos maestros y, además, no lo ocultan, lo llevan a gala. Pero no me extraña porque una parte significativa de sus paisanos lo permite, incluso lo aplaude y admira (“lo malo no es robar, es que te pillen robando”), y si son políticos los votan y los re-votan hasta que otros granujas de su misma calaña los botan y ocupan su lugar. Y no hay elección que valga…

Nunca hemos estado bien del todo, pero los últimos años hemos ido a peor en responsabilidades, justicia, derechos civiles y servicios sociales. El llamado estado del bienestar se tambalea, la caricatura de nuestra democracia naufraga, hace agua por todas partes. La Historia, cual ajo o cebolla, se repite y frecuentemente nos indigesta. Y cruza los dedos, que no te organicen y tengas que vivir una guerra, porque entonces será mejor salir corriendo. El pastel es el que es, y no hay otro; y unos tienen de más a costa de otros. Y de estos lodos, aquellos oros. Y el pez gordo se come al flaco, uno tras otro, hasta el hartazgo; y llega un momento en que todos son terriblemente obesos, pero muy pocos, y no pudiendo comerse entre sí, medrar a expensas del prójimo, se quedan a dos velas y se mueren -¡qué pena!- de inanición, poniendo punto final al colapso del sistema.

Pero entonces, cuando todo se haya ido a la mierda con la gran cagada, quizás no todo esté perdido, y entre las ruinas de las cloacas del sistema que fuera la fuerza motriz de esta sociedad consumista, egoísta, pasiva y lerda, tal vez se conserve vida latente y encapsulada en su infecta podredumbre maloliente y aún puedan encontrarse y rescatarse restos de algunas larvas semifosilizadas, pero sanas, de futuros renacuajos majos con rasgos humanoides, conciencia humanista y valores altruistas de los que no cotizan en bolsa, que con el paso del tiempo no nos salgan rana; y si sapo, que al menos sea cancionero, nunca cantamañanas.


Texto: Juan Rodríguez de Tembleque, 2012


"Mafalda"----- -----por Quino

 


 

 

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