La vida y la muerte

 

Acostúmbrate a considerar que nada es para nosotros la muerte, ya que todo bien y mal se fundamenta en la sensación, y privación de la sensación es la muerte. Por eso el recto conocimiento de que la muerte nada es para nosotros hace más deleitoso el que la vida sea mortal, no porque añada un tiempo sin límites, sino porque elimina el deseo de inmortalidad. Nada temible hay, en efecto, en la existencia para quien ha comprendido verdaderamente que nada hay temible en la no existencia. De modo que quien afirma que teme la muerte es necio, no porque se dolerá al presentarse, sino porque, previéndola, se duele. Pues si lo que es presente no nos conturba, vanamente producirá dolor cuando se espera. Entonces el más horrible de los males, la muerte, nada es para nosotros: cuando existimos la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, entonces ya no existimos. Así, pues, no afecta ni a los vivos ni a los muertos, puesto que para aquellos no existe, y éstos ya no existen. Sin embargo, la gente ora huye de la muerte como del mayor de los males, ora la reclama como reposo de los males de la existencia. El sabio, por el contrario, ni repudia la existencia ni teme la no existencia, pues ni la vida le es un mal ni considera un mal la muerte.

Fragmento de texto atribuido al filósofo griego Epicuro. En "Vida de Epicuro",
Libro X de las Vidas de Filósofos Ilustres, de Diógenes de Laercio.
Universitat de Barcelona, 1981; pp. 126-127.
Traducción: Antoni Piqué Angordans

 

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