Pedregalejo:
Recuerdos de la casa de mis padres

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El sótano

Era el lugar habitable de la casa más húmedo y fresco, muy de agradecer en verano, especialmente los días que hacía terral y el viento del Norte traía a la costa malagueña aire muy seco y caliente. Aunque bajar al sótano era un poco dificultoso por la estrechez de la escalera y la altura elevada de los peldaños, durante algunos años de mis tiempos mozos fue mi habitación, una especie de útero materno en el que me sentía muy a gusto y confortable, aislado del resto del mundo. Mi única conexión con el exterior, por otra parte tremendamente placentera, era a través de su ventana enrejada, que daba al jardín. Desde ella me pasaba las horas muertas observando, sin que se percatarse de mi existencia, tal vez espectral, a todo bicho viviente. En el caso de los gatos, unas veces simplemente los veía deambular, otras intentando cazar algún animalito, a menudo -según la estación- cobijados a la sombra de algún árbol o tomando el sol; y en época de celo, sobre todo en enero y febrero, peleándose y, raramente, apareándose, pues los felinos, es sabido, suelen ser bastante discretos en esta cuestión y otras intimidades, y para llevar a cabo dicha faena prefieren la oscuridad de la noche o la claridad de la luna, en las que, sin embargo, no recatan en delirantes maullidos, interminables serenatas que asemejan llantos de niños recién nacidos. Así mismo veía crecer las flores y las plantas, y revolotear, caminar por el suelo dando saltos o cantar en alguna rama, a los pájaros que estaban en mi campo de visión y que al amanecer y al anochecer formaban con sus trinos un gran alboroto en el magnolio, donde muchos dormían o guardaban reposo. Allí, en mi refugio semisubterráneo, escribí muchas de mis poesías y algún que otro cuento, también me pasaba el tiempo estudiando, leyendo, tocando la guitarra y cantando, pensando y soñando...



Ventana del sótano. La reja está conformada por barrotes
cilíndricos dispuestos en diagonal


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A la izquierda, últimos peldaños de la escalera de acceso al sótano y vista parcial del suelo,
muy antiguo y con numerosos motivos geométricos, como también se puede apreciar en la imagen
de la derecha, una vista general del mismo desde la escalera. Al fondo, en la parte superior
de dicha fotografía, un baúl del año catapún perfectamente consevado.
Abajo, detalle de la parte central del suelo.


 

 

La carbonera

Estaba construida bajo el cuerpo principal de la terraza, a la izquierda de la escalera de entrada. La parte del fondo, parcialmente separada del resto del habitáculo por una pequeña pared, se elevaba medio metro por encima del suelo. No recuerdo haberla conocido con carbón, pero sí con leña, que se empleaba como combustible en la cocina de la casa, grande, metálica y con fogones. Cuando ésta quedó en desuso debido a la adquisición de una cocina de gas butano, la función principal de la carbonera pasó a ser la de trastero. Y como mi madre no tiraba nada, allí iban a parar aparatos rotos u obsoletos, muebles deteriorados o que no tenían cabida en ninguna otra parte, material de obra sobrante y de jardinería, vidrios, cartones y un sinfin de objetos varios.
A ambos lado de la puerta y casi a ras de suelo, tenía dos ventanucos con barrotes y malla de alambre, por lo general rota, a través de los cuales entraban en ella las gatas a parir; una tras otra, generación tras generación; de tal forma que, aunque nunca tuvimos gatos, siempre anduvieron por nuestro jardín y otra partes de la casa (azotea, tejados, etc.).


El lavadero, el zapatero, el limpiabotas y Pepa


Del otro lado de la escalera de entrada a la casa, debajo del módulo pequeño de la terraza, se encontraba el lavadero, con puerta de doble hoja inferior y superior. En el se instalaba el zapatero a limpiar los zapatos cuando hacía mal tiempo. Durante muchos años y hasta que se jubiló, venía periódicamente a casa una vez a la semana. Era una buenísima persona, que nos quería mucho, muy especialmente a mis hermanos, "los mellis". Y un gran profesional que disfrutaba de lo lindo con su trabajo. A mi me fascinaba todo lo que hacía y cuán relucientes y lustrosos dejaba los zapatos. De tanto observarle se me debió contagiar el gusto y el arte de limpiar zapatos. Siempre que me pongo a la faena me acuerdo de él: cuando huelo las cremas, que antes eran de la marca Tractor; cuando con el cepillo alcanzo velocidades supersónicas para luego rematar la tarea frotando con el trapo...

No recuerdo que le llamáramos limpiabotas, que en realidad es lo que era; pues el verdadero zapatero del barrio, el que arreglaba y remendaba los zapatos, tenía una pata de palo (¿mutilado de guerra?) y su taller en un portal situado al principio de nuestra calle, entre la calle Juan Varela, más conocida en aquel tiempo como "camino de la desviación", y el callejón-escalinata llamado calle Ragunda. Dicho portal pertenecía a uno de los caseríos del barrio (*) que tenía su entrada principal en la primera de las calles citadas a la altura de la casa familiar del actual alcalde de Málaga, Francisco de la Torre. Como ven, aparte de un servidor, Pedregalejo ha dado a la Humanidad algunos hombres ilustres, a la par que otros, como el que fuera también alcalde de dicha ciudad durante los años 80, Pedro Aparicio, aterrizaron en él una vez que se hicieron merecedores de tal distinción.


Calle Ragunda. A media altura de este callejón-escalinata vivía Pedrito "el practicante", una bellísima persona y un extraordinario profesional muy querido en el barrio. Era amable, rápido, discreto, sus pinchazos no dolían.
Yo, cuando era muy niño, sentía pánico, pavor, cada vez que tenía que venir el practicante a ponerme una inyección. Nada que ver. Su nombre lo recuerdo bien, pero me abstendré de decirlo. Afortunadamente pronto se produjo el milagroso cambio y apareció Pedrito en nuestras vidas. A su muerte los vecinos, cargados de razones y cariño, le dedicaron por unanimidad una calle en el Arroyo de los Pilones, junto al mercado de Pedregalejo, hoy día (2013) con sólo dos puestos abiertos. En fin, sea esta mención mi pequeño homenaje a una persona tan bondadosa y valiosa.
(Foto: JRT, 2011)


En el lavadero también trajinaba Pepa, la asistenta, como antes lo había hecho su madre. Mientras faenaba en la típica pila acondicionada a tal efecto, solía canturrear, y muy bien por cierto, casi siempre muy animosa y la mar de contenta: era la alegría de la huerta (aunque estuviera triste cantaba, quizás para espantar la pena), pero con los años y la aparición de algunos problemas familiares fue perdiendo fuelle. Ella me tenía un gran aprecio y cariño, que era mutuo.

 

 

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