El destape

Me refiero al fenómeno que tuvo lugar en España en la séptima década del S.XX, años en los que la censura tardofranquista y, sobre todo, postfranquista fue levantando la mano y pudo verse en el cine, eso sí, por exigencia del guión (pues vale, qué más da), mujeres y hombres ligeritos de ropa o, incluso, desnudos (¡anatema!), a veces enfrascados en alguna escena amorosa. También diversas revistas, Interviú a la cabeza, deleitaron a sus lectores con desnudos y fotografías eróticas, al menos para aquella época de pertinaz sequía en éste y otros aspectos considerados tabú.

Pero esto del destape hay que haberlo vivido. La gente que fue joven después de los 70 no se lo puede ni imaginar, y mucho menos los que, pasado el tiempo, han tenido acceso, a través de Internet, a todo tipo de imágenes y películas eróticas o pornográficas. Durante nuestra adolescencia un anuncio de lencería en la revista Hola con una mujer luciendo un sostén (o sujetador, como se dice ahora) podía llegar a ser excitante, al igual que algunas de las ilustraciones de los anuncios de casas de citas o de mujeres de alterne que se publicaban en el muy monáquico, conservador y católico diario ABC (bussines is bussines, que dicen los ingleses). Y en el cine esperábamos ansiosos alguna víctima propiciatoria de Drácula (Cristopher Lee) luciendo amplio escote, a veces, incluso, trapitos que dejaban traslucir, o al menos intuir, volúmenes y formas que nos encandilaban. O a las bellísimas y monumentales chicas de las películas de James Bond (a la derecha, Ursula Andrews en la pelicula Doctor No), que, cándidas o malvadas, caían irremediablemente presas del encanto del agente 007 (el apuesto Sean Connery), por poner dos ejemplos. ¡Qué suerte tenían algunos!. Cleopatra, con una Elizabeth Taylor imponente, estaba clasificada con 3 R “con reparos”, ¿o tal vez era 4 R?; en todo caso, la clasificación más alta asignada a películas exclusivas para mayores de 18 años. Y aquí vine a pelo el breve texto de Rafael Castillejo que, gracias a su gentileza, he extraído de su fabuloso y entrañable Desván:


De pequeño me fascinaban aquellos cartales de películas de vampiros por el terror y la curiosidad que me transmitían. El problema estaba en que no eran autorizadas para menores de 16 ó 18 años. Ansiaba llegar a alcanzar aquella mayoría de edad que me permitiera pasar miedo agarrado a la butaca, pero… algo iba cambiando dentro de mí con el paso del tiempo y cada año que pasaba notaba que me interesaba menos el conde Drácula y, sin embargo, me iba fijando cada vez más en aquellas señoras -casi siempre rubias o pelirrojas- que sucumbían a sus mordiscos. En resumidas cuentas, que cuando por fin los porteros de los cines me dejaron entrar, el vampiro ya no me daba miedo, sino envidia, y lo que realmente me fascinaba eran los generosos escotes de sus exuberantes víctimas. Me había hecho mayor ("Deja que te cuente...", R. Castillejo).

 




Espeluznante y a la par erótico fotograma de la pelicula Doctorfinger,
protagonizada por el actor Sam Cornery en el papel de James Bond





La gente iba a Europa, sobre todo a Francia, que nos pillaba más cerca, a ver películas y a comprar revistas pornográficas o para adultos. Así por ejemplo, las colas, nutridas de españoles, que se formaron para ver “El último tango en Paris” (Bernardo Bertolucci, 1972) eran enormes, y eso que es una película durísima, que si te metes en ella te deja la lívido encogida. Pero se iba a lo que se iba... Y ya he hablado en otra parte de lo que representó en nuestro país la proyección de la película "Helga (el milagro de la vida)".

Una vez, estando en casa de un amigo con otros amigos, circularon algunas de esas revistas para adultos, prohibidísimas entonces en España. Unas contenían simples desnudos, otras sexo explícito. Aparte de la curiosidad, la verdad es no me produjeron ninguna emoción, ni la más mínima baja pasión. Cuando cursando PREU y con 17 años viajé con mis compañeros de colegio por Francia e Italia las pudimos ver por doquier en los kioscos, y comprobar de primera mano que la vida seguía su curso normal en estos países y que el mundo no se acababa con su venta y difusión como pensaban nuestros mayores cuando la censura española fue levantando la mano, para terminar desapareciendo, en la segunda mitad de los años 70. Ni que se perdía el interés por el sexo por mucho que vieras y te masturbaras. Lo que si ocurría, en cambio, es que se afrontaban las pretensiones y relaciones “amorosas” con más tranquilidad, lo que pienso es muy beneficioso para todas las partes. La masturbación, en contra de lo que decían los curas y las monjas, no sólo no produce ceguera ni es perniciosa y dañina, sino que es o puede ser muy relajante y saludable cuando el cuerpo te lo pide. Y desde luego es algo natural. Pero volvamos al destape…



Blanca Estrada, una de las musas del destape, enseñando casi totalmente un pecho.
La foto fue portada de la revista Fotograma en septiembre de 1976.
Previamente en la película "El libro del buen amor" (1974),
Patxi Andión nos desveló un pelín de su belleza "interior"


Si en España el éxito de la película documental Helga (Erich F. Bender, 1967) fue tremendo a la par que lógico, dada la represión sexual existente y la falta de información relativa a todo lo que tuviera que ver con el sexo; visto desde la distancia resulta patético. Pero mucho más rubor me produce, fuera de contexto, el éxito de “No desearás al vecino del quinto” (Ramón Fernández, 1970), cinta protagonizada entre otros por Alfredo Landa y considerada por algunos como la obra cumbre del “landismo”, y que, según he sabido recientemente, ha sido la película más taquillera del cine español hasta la proyección de “Torrente 2, misión en Marbella” (Santiago Segura, 2001). ¡Qué país, qué nivel…!, aunque con ésta última lo que pasó es que se benefició de la fama alcanzada por “Torrente, el brazo tonto de la ley” (1998), original y digna opera prima del mismo autor.

La del vecino del quinto, como “españolada” paradigmática que es, recoge muchos de los tópicos de la sociedad paleta de aquella época, que comprendía a una significativa parte de la población. La trama de esta burda comedia gira, al parecer, alrededor de dos personajes: un soso, pero apuesto, ginecólogo que vive al amparo de su madre y tiene una relación anodina con su novia; y un estilista que se hace pasar por mariquita verbenero para que las clientas se fíen de él y sus respectivos maridos no sientan celos y le chafen el negocio como le ocurría al médico. Con esta excusa, pretexto casi perfecto, se ven en las consultas de ambos especialistas mujeres con poca ropa que, bien por iniciativa propia –las muy frescas- o ajena (la carne es débil), terminarán siendo “víctimas” de los deseos sexuales de estos dos insaciables machos ibéricos con apariencia de mosquita muerta. Nada más y nada menos que 4.371.624 espectadores, sobre todo hombres ávidos por conocer las diferentes fisonomías agraciadas del cuerpo femenino o de sus partes constituyentes, pasaron por las salas de cine donde se proyectaba. Este tipo de película no era plato de mi gusto, por lo que no puedo opinar de primera mano, pero según Salvador Sáinz (Diario de Cine), “los homosexuales son presentados como seres ridículos, y sólo se aborda el tema de la represión sexual desde el punto de vista masculino”; y si bien la película cinematográficamente es un bodrio, “como documento sociológico es impagable”.

Y es que el destape se manifestó a través de varios canales-coartada. Uno de ellos, pionero, en clave de comedia desenfadada y por lo general grotesca donde la censura parece ser que fue inicialmente más permisiva en lo que a mostrar carnes turgentes se refiere. Otra mina, cobertura del destape, fueron las adaptaciones al cine de obras literarias clásicas con cierto contenido erótico. No podía faltar el destape para sesudos, intelectuales y/o retorcidos mentales camuflado en películas a veces complejas, algunas de la cuales se catalogaron como “de arte y ensayo”, en las que se podían ver escenas eróticas, a menudo estéticas, y en las que el sexo iba en serio, motivo por el cual creo que este destape tardó algo más de tiempo en abrirse paso, siendo al principio un leve goteo en la espesura de un argumento trascendental, y eso que dichas películas estaban destinadas a un reducido público. Sin embargo, todos los espectadores de cine sin excepción, desde el cateto palurdo hasta la persona más culta, ilustrada y refinada, tenían un denominador común, estaban en mayor o menor grado “salidos” y acudían a las salas de cine con la esperanza de que les enseñaran las variopintas anatomías del ser humano y sus posibilidades placenteras. Y yo, naturalmente, era parte del montón.

La cosa evolucionó de tal manera que cualquier película que se preciase debía de incorporar alguna que otra secuencia de destape para que fuera solvente comercialmente, incluso se creó un género nuevo, producciones especializadas en dicho tema, ya que se obtenían importante réditos con muy poca inversión, imaginación y trabajo.


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Algunas musas del destape: de izquierda a derecha, Agata Lys, Victoria Vera y Nadiuska


(.....contiuará)

 

Juan Rodríguez de Tembleque

 

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