No somos nadie



Soy determinista y por lo tanto fatalista, pues apenas veo margen al libre albedrío, que a mi entender o no existe o es ínfimo. Esto tiene implicaciones morales importantes porque, por gracia o desgracia, no seríamos responsables de nada, ni de lo malo ni de lo bueno, que siempre, siempre, son conceptos relativos. Hasta matar, dependiendo de a quién y por qué, puede ser heroico y glorioso; por ejemplo cuando es al enemigo en defensa o en pro de los intereses de la comunidad a la que se pertenece. Lo siento por los egocéntricos y ególatras, a veces geniales artistas, pero no somos nadie, y mucho menos a escala planetaria y en camiseta. Somos, simple y llanamente, una pizca de física y química, y casi todo agua. Y para colmo están los astros, que al parecer manejan nuestras vidas con hilos invisibles regidos por leyes universales. Total, que uno no es dueño de sí mismo. Esta teoría supongo que no tendrá muchos adeptos, porque escuece, sobre todo a los que se creen, complaciéndose, que son su propio fruto. Y es que en el fondo y a la hora de la verdad, casi todo el mundo se quiere y se gusta aunque diga lo contrario, si bien algunos, sobrados de autoestima, se pasan en demasía. Otros, por el contrario, pecan de falsa modestia, pero nadie tiene remedio.

Creo que desde muy joven comprendí y estuve de acuerdo con el símil del hombre y el árbol: que nacemos con una constitución y una madera propia de nuestra familia o estirpe: roble, castaño, chopo o limonero; nogal, almendro, alce o tejo; encina o alcornoque; peral o higuera,… Que de tal palo tal astilla. Y que dependiendo de las condiciones -tipo de suelo, humedad, luz y grado de insolación, etc.- del lugar y del entorno donde nacemos y vivimos; crecemos más o menos, de una u otra forma, con el tronco raquítico o voluminoso, ligeramente escorado hacia un lado o hacia otro,…



Papá y mamá masái-ébano (Foto: JRT)


Si ya venimos al mundo genéticamente condicionados, el medio que nos rodea termina moldeándonos, a veces con una crudeza bestial, otras con gran delicadeza. Pero, ojo, cada uno asimila o afronta las condiciones externas según su constitución de origen y todo está ligado y concatenado de principio a fin. Por eso cada persona es un mundo y genio y figura hasta la sepultura, y de ahí que hijos de un mismo árbol sean por lo general muy diferentes y tomen su particular rumbo desde un primer momento a pesar de haberse desenvuelto en un contexto parecido, de haber vivido semejantes circunstancias y recibido los mismos nutrientes. Cada uno evoluciona y se desarrolla de distinto modo. Y cuando se ha tomado una dirección y se ha madurado ya no hay vuelta atrás, posibilidad de rectificación, de tomar otro camino y mucho menos de brotar en otra parte.

En mi caso hubiera preferido ser pino piñonero y vivir cerca de alguna duna con vistas al mar, pero no pudo ser; y exhibo mi porte de níspero en un jardín de ciudad en competencia con otros árboles, algunos de hoja perenne, otros de hoja caduca, a veces floridos o con sus frutos y frutas. Pues nací de padre níspero y madre palmera de ascendencia cocotera, y aunque pudieron más los genes de la rama paterna que los de la materna, cada linaje familiar dejó en mí su singular huella, su carácter, su personalidad, sus defectos y virtudes; que con casi toda probabilidad herederarán mis retoños, si bien es verdad que en menor medida, porque me enamoré sin quererlo, pero perdidamente, de una mimosa cuyo abuelo materno fue naranjo injerto de cerezo, y eso marca.

Cuando se inventaron y llegaron las computadoras, todavía lo tuve más claro. Las similitudes entre los ordenadores y el cerebro, base rectora de nuestro cuerpo y órgano vital de nuestras emociones, son extraordinarias. Básicamente somos nuestro cerebro (y cerebelo) con una carcasa que tiene brazos y patas. Así como el ordenador sale de fábrica con unas especificaciones técnicas que determina sus capacidades; nosotros nacemos con una estructura y una constitución cerebral concreta que nos condicionará de por vida. Lo de menos quizás sea la envoltura, su tamaño, su fisonomía,… La clave de nosotros es nuestro cerebro, el hardware de las computadoras, y, al igual que éstas, tiene su disco duro (a veces más de uno), su procesador, su memoria RAM, su tarjeta gráfica, etc. En función de las características de origen de estos elementos tendremos más o menos espacio para almacenar información, más o menos habilidad y velocidad para sintetizarla y analizarla, etc. También el sistema operativo es hereditario, viene de fábrica; pero el software no, ese nos viene de fuera, y sí, claro, tiene su importancia, pero relativa, porque no se puede sacar de donde no hay ni pedir peras al olmo.

El software son nuestras circunstancias, es lo que recibimos de nuestro entorno (amor, odio, educación, conocimiento, enfermedad, muerte, etc.), que incluso en el caso hipotético, harto improbable, que sea idéntico para todos, en ningún caso se obtendría el mismo resultado, porque nadie percibe, almacena y, sobre todo, procesa (es decir, razona), de igual forma la información que nos llega, la experiencia propia o ajena, las historias que nos va tocando vivir. La realidad, por lo tanto, es subjetiva. Por otra parte, un buen cerebro sin apenas software o con uno elemental y/o de baja calidad, será un cerebro desaprovechado que podría quedar bloqueado a la mínima si se carga con basura donde proliferan los virus y otros organismos patógenos, malignos o perniciosos; y a un cerebro defectuoso, básico o poco desarrollado en general, jamás se le podrá sacar mucho partido y rendimiento por muy bueno y abundante que sea lo que introduzcamos en él. Una grandísima pena, aunque afortunadamente todo esto no tenga nada que ver con el bienestar personal, ni siquiera, me atrevería a decir, con la inteligencia, pues uno puede ser muy listo y brillante en determinados temas, por ejemplo en resolver problemas matemáticos y operar con números, y además tener don de palabra y una memoria de elefante, y en cambio ser un auténtico inútil en otras materias y asuntos, incluso un desgraciado; pero ese es otro cantar: el de la felicidad.



!Eso es todo, amigos!


Juan Rodríguez de Tembleque, 2014

 

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