Del pudor

 

 

Qué curioso, cambiante y relativo es el pudor, cuántos matices tiene este concepto. Por otra parte, no sé hasta qué punto está determinado por la educación que recibimos y el contexto en el que nos desenvolvemos, o es un rasgo particular de la naturaleza de cada cual que viene configurado en alguno de nuestros genes. Tal vez de todo un poco. También depende de según qué. A veces hay personas muy lanzadas para unas cosas y muy reservadas para otras. Y, por supuesto, igualmente influye el según con quién.

Por lo que respecta a la cuestión física, mi padre debía ser muy pudoroso, pero mi madre creo que no, o al menos no tanto. Desde niño tengo grabado en la memoria de forma indeleble el “alboroto” que se producía cuando en la casa de mis padres, por descuido, alguien abría la puerta cerrada del cuarto de baño sin llamar, creyéndolo vacío, y estaba ocupado por alguien que se había olvidado de echar el pestillo. Sonaba una potente voz de alarma, ¡¡¡está ocupado, estoy yo!!!, como si fuera algo terrible, tremebundo, que te vieran en el retrete o desnudo. Te dabas un susto de muerte, cerrabas la puerta a la velocidad de la centella y si habías visto algo querías borrarlo inmediatamente de tu cabeza porque debía de ser un pecado enorme. Y eso que los bebes nacen desnudos… Y que un día sí y otro también nos vemos obligados a presenciar el fabuloso y bello espectáculo de uno o más perros expulsando tranquilamente sus excrementos en plena acera delante de nuestras narices con el beneplácito de sus dueños y de las autoridades municipales que lo permiten. El por qué los canes tienen el privilegio de obrar allá donde les pille y les plazca y los demás (niños y mayores, por ejemplo) no, es un enigma difícil de desentrañar y asimilar por quien subscribe. Los que recogen la caca tienen mi respeto, pero por qué no les educan para que lo hagan en sus casas. O todos o ninguno. ¿No dicen de los perros que son como las personas? ¿no somos los humanos animales? Pues eso.

En cambio los romanos, y muy especialmente los de la clase pudiente, hacían sus necesidades en letrinas públicas comunes, sentados unos al lado de otros o enfrente, mientras charlaban animosos sobre lo que se terciase. Y en las termas públicas y, supongo que también, en las privadas, el trasiego de desnudos del frigidarium al caldarium, pasando por el tepidarium (baño de agua templada) y empezando por el apodyterium (vestidor), debía de ser el pan nuestro de cada día.

 



Letrinas públicas de época romana


Ahondando en lo anterior, cuando me vine a vivir a Madrid con Rosa, en la casa en que vivía y que compartía con tres chicas, algunas tertulias tenían lugar en el cuarto de baño mientras una de ellas se encontraba sentada en el trono. Era todo tan natural que lejos de escandalizarme me parecía lo más normal del mundo, y todavía no sabía lo de los romanos… Eso sí, no daba crédito viniendo de donde venía.

Como dice el refrán, “la costumbre con (otra) costumbre se quita”, una tradición sustituye a otra el día menos pensado. A los que siguen a pies juntillas las tradiciones y son sus acérrimos defensores y por lo tanto enemigos enconados de cualquier intrusión, modificación o novedad que pueda cambiarlas o hacerles la competencia (por lo general hay fuertes intereses económicos por medio), quieren que subsistan per saecula saeculorum y no se les pasa por la imaginación que, como todo en la vida o en la historia de la Humanidad (religiones, sistemas o regímenes políticos, etc.), tienen sus días, siglos o milenios contados, y que si en términos absolutos fuéramos tradicionalistas nuestros utensilios, a fuer de la costumbre, serían de piedra y andaríamos, si el tiempo acompaña, en pelota o en cueros vivos (anatema), es decir, como venimos al mundo según plan divino. A este respecto me extraña sobremanera la animadversión que tienen muchas religiones por el cuerpo humano y su obsesión por cubrirlo al considerarlo algo impuro y pecaminoso, cuando algunas de ellas dicen que estamos hechos a imagen y semejanza de su dios. Pasando por alto la caída de los grandes imperios y recurriendo a un ejemplo cercano, si cayó el telón de acero y el régimen soviético, que parecían sólidos, inamovibles e indestructibles; del fatal batacazo no se libra ni el más pintado ni lo más granado, aunque ahora nos parezca mentira o imposible que pueda ocurrir.

Foto: Portada del libro "The Hippies", de Burton H. Wolfe

También cuando era jovencito me sorprendía el exceso de celo que ponían muchas chicas, férreas guardianas de su intimidad, para evitar cualquier roce físico con los chicos (codos a modo de frenos mientras bailaban, carpetas protectoras cubriéndose el pecho en el autobús, etc.). Si bien es verdad que siempre había algún chico, por lo general caradura o poco agraciado, que era una auténtica lapa, la mayoría éramos muy respetuosos por pura timidez. Después, cosas de la vida, normalmente se enamoraban de la persona equivocada, a la que se entregaban en cuerpo y alma, la cual, una vez catada la presa, le ponía los cuernos con su mejor amiga. Entonces la víctima se revolvía herida y a menudo se desataba y se desmadraba -adiós recato- pasando de un extremo a otro. Algunas mujeres han evolucionado del “mírame y no me toques” de su adolescencia y juventud a abrirse paso con las tetas en cualquier cola, aglomeración o apretura una vez cumplidos los cincuenta; mujeres que van de vuelta de todo, que todo, incluido el prójimo, les importa ya un comino. Y tampoco es eso, que lo primero es la educación. No entiendo la timidez, la estupidez o la desvergüenza de la gente que, en lugar de pedir paso con la palabra, se abre paso a empujones. Otras chicas, majas y menos o nada estrechas, si tomaban alguna medida en este asunto era más pensando en el otro que en ellas mismas, y han sido a lo largo de su vida más regulares y coherentes con su comportamiento. En todo caso, una vez que caemos en manos de los médicos o pasamos por los hospitales, de nada nos sirve el pudor. Quedamos expuestos a todo, hasta te pueden meter una goma por el culete si lo exige el protocolo; eso sí, casi siempre por nuestro propio bien aunque salgamos mal parados.

Respecto a la vida, ideas y sentimientos de uno, tres cuartas de lo mismo. A veces los más reservados son los que menos tienen que ocultar, pero no por lo que están pensando sino porque están prácticamente vacíos de contenido. Así, de esa forma, dan el pego –con la boca cerrada no sólo no entran moscas sino que uno no se equivoca, y por si esto fuera poco, el que calla otorga, reafirmando y engordando al interlocutor, que, en cierto modo halagado, le mirará con buenos ojos; una perfecta estrategia o forma de ser con la que a menudo puede pasar por interesante quien está hueco. Esta gente (y ahora estoy pensando sobre todo en hombres) que no sabe qué decir o no dice ni arriesga nada; que no sabe qué hacer; que está simplemente ahí, en situación, a merced de las circunstancias, flotando como un corcho al compás de las olas y las mareas, dejándose llevar donde le arrastren los vientos; suele resultar interesante y tener éxito, al menos en primera instancia, en el amor, incluso también, frecuentemente, en lo profesional. Se equivoca a mi juicio Silvio Rodríguez cuando en su preciosa canción Óleo de una mujer con sombreo dice que "los amores cobardes no llegan a amores". Entiendo lo que quiere decir cuando son dos, con similar nivel afectivo o de atracción del uno respecto al otro, y tienen que dar un paso adelante arriesgado para consumar o consolidar su relación; en este caso parece que se trata de dos amantes, probablemente ella casada, pues es "una mujer innombrable", en el papel de cobarde, tal vez porque tiene más que perder que ganar. Pero la valentía en el amor, como en otras cosas, puede ser tan buena o eficaz, o tan mala e inútil, como la cobardía. Cuanta gente se habrá estrellado en el amor siendo valiente. Si no hay reciprocidad proporcionada, no hay nada que hacer. Por lo general, un enamorado no correspondido resulta o se percibe así mismo patético y ridículo. Quizás todo el mundo sabe de qué estoy hablando. Aunque, como dice el fandango, querer a quien no te quiere se llame querer, y nada ni nadie puede impedir que queramos a quien queremos; consuela poco saberlo cuando por mucho que queramos no lo podemos dejar de querer.

Caramba, ligando una cosa con otra me he ido por los cerros de Úbeda. Disculpen el desvarío. Esto último que cuento era para otro texto.

 

Juan Rodríguez de Tembleque, 2016

 

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