Del amor



Mi madre decía que en el amor, en las parejas, siempre hay uno que quiere más que el otro. Estaba totalmente convencida y supongo que se sentía del lado menos favorecido. En fin, puede que en muchos casos sea así, o que en un principio sea así y luego se alcance un equilibrio entre las partes; pero en el amor pleno, o una vez alcanzado éste, pienso que no, aunque por la diferente personalidad de cada cual parezca lo contrario, que uno tira del carro mientras el otro se deja llevar, como, efectivamente, ocurre a menudo en las relaciones que tienen poco futuro si se mantiene en el tiempo dicha descompensación, lo que no quiere decir que se ponga fin a ellas. ¿Falta de agallas y resignación?, ¿desconocimiento de que el amor es o puede ser otra cosa?, ¿ausencia de referencias con las que poder comparar y medir?, ¿necesidad derivada de vínculos sociales, económicos y/o anímicos?, ¿circunstancias complejas insalvables? ¿pánico a la soledad? Yo desde luego no lo entiendo, porque soy de los que piensan que mejor solo que mal acompañado.



Por su parte, mi padre aseveraba que la felicidad es conformarse con lo que se tiene. Bueno, si realmente no sabes o no puedes cambiar o modificar lo que tienes, no te queda otra que adaptarte y aceptarlo para no amargarte. Pero eso, cuando se trata de amor, creo que no es felicidad, o es una felicidad muy limitada, tal vez ausencia de infelicidad, un limbo acomodaticio. ¿Se encontraba mi padre insatisfecho con lo que tenía? ¿era, simplemente y nada más y nada menos, un sabio que toma esa actitud consciente de que el mundo en general es imperfecto e imposible de cuadrar o redondear, ni siquiera mejorar, y que asume lo que le toca con humildad y sin rechistar? En este sentido no le faltaba razón. Pero la felicidad no tiene que ver nada con la perfección, incluso es posible que sea sólo una percepción, en ocasiones pasajera o retroactiva; y desde luego es un concepto relativo que tiene diferentes grados y matices en el que el dolor y el placer juegan un papel fundamental, variables que muchas veces, en cierta medida, no controlamos o, lo que es peor, no está en nuestras manos ni depende de nuestra voluntad el poderlas controlar.





Albert Finney y Audery Hepburn en "Dos en la carretera",
de Stanley Donen, película sobre el deterioro
de una relación amorosa. Recomendable
para todas las parejas jóvenes


A menudo el amor es desconcertante, sorprendente. Una vez conocí a una mujer casada y con hijos que tuvo los ovarios de separarse de su marido, sin que hubiera interferencias de terceras personas, porque mientras su pareja seguía siendo la misma de la que se enamoró, ella, por el contrario, había cambiado y mucho. Andaba por los cuarenta y tantos, ya cerca de los cincuenta, y su concepción del mundo y su universo ideológico eran muy diferentes a los que tenía cuando era joven y se casó. Ya no se identificaba ni admiraba a su compañero, la relación no le aportaba nada y la convivencia con él se le había hecho anodina, rutinaria y cuesta arriba. Aunque casi siempre la parte más dañada es la rechazada, no debe ser nada fácil tomar la decisión de terminar una relación de muchos años con hijos, amigos y propiedades en común. Yo desde luego valoré su valentía, además pensaba que iba a ser lo mejor para todas las partes, al menos a medio o a largo plazo. Lo curioso es que al cabo de algunos años dicha mujer me comentó que se había enrollado y tal vez algo más (¿enamorado?) con un hombre bastante más joven que ella con el que no tenía nada que ver y que además tenía unas circunstancias familiares digamos que complicadas, incluso tal vez tortuosas. Yo me quedé perplejo ante lo que parece una paradoja, pero el amor, la atracción, el deseo carnal, son por lo visto insondables e inescrutables. Quizás por ello hay superlistos que se emparejan o enamoran de megatontas o al revés, de personas interesantes, con grandes inquietudes y una personalidad marcada, que terminan uniéndose a personas simples y elementales dependientes emocionalmente en todo y que no saben andar solas; de progresistas, transgresores y rebeldes con formales, conservadores y convencionales. Etcétera.



Para que la magia del amor cristalice entre dos personas tiene que haber química (conexión y atracción intelectual) y física (receptividad y atracción física), si no mal asunto. Lo primero sin lo segundo abocaría en una amistad, por otra parte casi imposible de mantener cuando uno de los implicados está enamorado; y al revés, como mucho, en sexo mondo y lirondo, en algunos casos, tal vez, aderezado con cariño, que no es poco. Pero como ocurre en otras facetas de la vida y otras manifestaciones de la Naturaleza nada suele ser completamente blanco o negro, hay matices, diferentes grados, incluso una cosa te puede llevar a la otra sin darte cuenta. De hecho, a lo largo del tiempo (a veces de la noche a la mañana) y/o en función de las circunstancias, puede cambiar la valoración que tenemos de una persona, así como nuestros parámetros y escala de medición. En el plano físico, siempre habrá un porcentaje de inconsciencia e irracionalidad, connatural con nuestra esencia animal, que se nos escapa a toda comprensión y análisis reflexivo.



En el amor a veces buscamos, sin saberlo, lo que somos, nuestro igual; otras, la diferencia que nos complementa. La atracción física es muy curiosa e incontrolable, pero también tiene su lógica. El físico nos marca, nos condiciona. Hablaré aquí de gordos y flacos, altos y bajos, válidos y minusválidos, jóvenes, maduritos, mayores y viejos; y lo haremos en el contexto social que nos ha tocado vivir. He conocido a varias mujeres de pequeña estatura que se han enamorado de hombres altos, y éstos de bajas; pero no bajos de altas ni altas de bajos, si los hay son casos contados, excepciones; naturalmente me estoy refiriendo a diferencias de altura significativas, notables, no a unos pocos centímetros. Por otra parte, es muy raro que una persona marcadamente gorda se enamore de otra con similar peso y constitución. Tendrá complejos, en el mejor de los casos podrá llegar a aceptarse tal como es o está, asumiéndolo como un hecho natural; seguramente se pasará la vida reprochando a los demás y a la sociedad en general la dictadura de la moda y de la estética imperante, se lamentará de no resultar atractiva al sexo opuesto por su físico; pero jamás de los jamases le gustará o se enamorará de otra persona obesa. Los que tienen o tenemos un “defecto” físico (¿quién no lo tiene o lo siente como tal?), a la hora de enamorarnos somos mucho más condescendientes con otros defectos que con los propios. Voy a contaros una historia muy ilustrativa que me parece interesante, la de “persona gorda se enamora de flaca”, donde entra en juego una variable muy importante, el género. En un restaurante que frecuentábamos, el dueño era bastante obeso y uno de sus hijos, calcado al padre, también, incluso tal vez algo más; llamaba la atención, andaba malamente. Lo conocimos de niño, y el niño se hizo mayor y se convirtió en un joven. Llegó un tiempo en que empezó a vérsele con una chica mona, agradable y delgada. Se hicieron novios. Entonces Rosa, la más bella, humana y sabia de todas las rosas, dijo: “lo contrario no ocurre”, es decir, chico mono, agradable y delgado no se enamora de chica con ese tipo y grado de obesidad, por muy maja y guapa que sea. Y creo que tenía toda la razón. Esto me hizo pensar sobre el tema. ¿Qué le mueve a una chica de tal guisa enamorarse de un chico obeso como él? ¿Por qué en esta cuestión hay mujeres que van más allá que iría un hombre? ¿Le dan realmente menos importancia a lo físico?, ¿buscan sobretodo cariño, protección y compañía como muchas suelen decir?; ¿somos para ellas, por encima de todo, un medio o un vehículo necesario para alcanzar la maternidad? No se pierdan el próximo capítulo, continuará…


Juan Rodríguez de Tembleque, 2016

 

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