Debutantes


La preciosa canción de Joan Manuel Serrat “Los debutantes” (Albúm blanco, 1970) contiene un verso que me gusta mucho y que dice así: “con un amor de contrabando pasas la vida debutando”. Pues bien, con amor, sea de contrabando o de curso legal, o sin él, lo que no hay duda es que pasamos la vida debutando. Este hecho, que quizás la hace menos aburrida y tal vez sea la chispa de la vida, puede resultar angustioso por la incertidumbre que comporta, y terminar siendo para algunos un sin-vivir. De poco nos sirve conocernos meridianamente a nosotros mismos y a los demás mediante la observación, la reflexión y el análisis; de casi nada la experiencia, ni en cabeza ajena ni en la propia. Todos, incluso aquellos que pretendemos ser lo más felices posible en lo que de nosotros dependa, y ponemos en dicha empresa nuestros cinco sentidos; nos encontramos a lo largo de la vida con el difícil y en gran medida irresoluble problema de la variabilidad, tanto de nuestra fisionomía (somos física y química en continuo cambio) como de nuestras circunstancias externas. La máxima de Ortega y Gasset quizá quedaría mejor expresada si dijéramos “yo soy (siempre) yo según mis circunstancias”, entre las que habría que contabilizar las del propio cuerpo y la experiencia acumulada, si la hubiera.

Unas veces es el cuerpo el que ha cambiado significativamente, con lo cual cada cierto tiempo tenemos que volver a reconocernos y a aceptarnos tal como en ese momento somos (esto, claro está, en el supuesto que nos demos cuenta de lo que nos está pasando, que tomemos consciencia de ello, porque las transformaciones en general no se producen de la noche a la mañana, aunque también las hay casi de esta guisa, como la menopausia en las mujeres), con una carcasa y laboratorio parecidos al de antes pero distintos, y desde luego con otros biorritmos, habilidades, intereses, virtudes y defectos. Otras veces lo que surge son circunstancias nuevas que nos descolocan, pero que debemos asumir para adaptarnos a ellas y de esta forma tratar de seguir tirando, disfrutando, sobreviviendo, etc., dependiendo de como sean las novedades y de cada cual. En todos los casos, y por lo tanto a menudo, nos vemos abocados a realizar reajustes, cuando no a reinventarnos. No es que dejes de ser tú, es que eres tú en otro cuerpo, en otras circunstancias (antes, por ejemplo, sólo eras hijo, joven, tenías trabajo y estabas completamente sano, y ahora eres padre, tal vez huérfano, adulto, estás en el paro y padeces algunos achaques). Por eso, en el camino, aparece un sinfín de pequeños y grandes problemas derivados de los cambios que nos afectan.

Pero hete aquí que llegado a este punto, me puse a escribir o hacer otras cosas, como curiosear unos pequeños textos que había escrito hace aproximadamente unos 25 años; y cual fue mi sorpresa que encontré uno que habla exactamente de lo mismo (¿obsesión, ofuscación, idea recurrente, alzheimer,...?), con lo cual dije “apaga y vámonos, que con ésta van dos”; así que di por concluido el anterior. ¿Qué no se lo creen?, pues lean a continuación el susodicho texto, que titulé APRENDIZAJE y que dice así:

Con los años se aprende que con los años se aprende. Y no finaliza nunca el aprendizaje. Siempre acontecen vivencias nuevas que nos sorprende desprovistos de defensas, de sabiduría, cuando menos las esperamos. Y estas vivencias y los años (cambios biológicos) dejan sus huellas, improntas que nos transforman por entero. Entonces la experiencia pasada nos sirve de poco ante un suceso repetido. Es decir, unas veces permanecemos relativamente inalterados –estabilidad y equilibrio- hasta que nuevas circunstancias y vivencias no sacan de quicio, del provisional estado de gracia en el que por un tiempo habíamos conseguido disfrutar; en otras ocasiones, por el contrario, el entorno y lo externo se ha mantenido casi inmutable, pero nosotros, nuestro cuerpo, nuestra biología ha cambiado. En el primer caso tenemos a una misma persona ante un acontecer diferente, en el segundo a un mismo suceso ante una persona distinta, aunque muy parecida físicamente. En ambos casos se es debutante. En el primero porque nos coge de improviso, sin medios, desarmados, con la única referencia de la historia de los demás (aunque los demás no somos nosotros y nunca se escarmienta en cabeza ajena); en el segundo, porque cuando queremos hacer uso de nuestras antiguas armas, de aquellas que confeccionamos o nos proveímos en el pasado para afrontar tal o cual evento, comprobamos perplejos que ya no somos diestros en manejarlas, que pesan demasiado para nuestra actual y debilitada constitución, o que resultan inservibles a causa del óxido. Por eso aunque la historia se repitiese en vida, no ganaríamos mucho en reconocerla.


Juan Rodríguez de Tembleque, 2011

 

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