La era del guacamayo
(por Carmen Barrios)


Es lunes. Hora punta. La estación del metro de Sol bulle de personas que caminan aceleradas de arriba abajo para cambiar de una línea a otra. Parecen hormigas recorriendo túneles de luz artificial sin sentido aparente. El ajetreo produce un ruido de fondo que aísla a cada una con sus propios pensamientos. Lo único que importa es ahorrar tiempo.

Es lunes. Hora punta. El andén está abarrotado. Las personas se apretujan para subir al convoy que anuncia su entrada en un minuto.

Un minuto. Solo falta un minuto para subir al tren cuando un gran pájaro de colores brillantes irrumpe en el vestíbulo justo antes de que llegue el metro. El animal planea sobre las cabezas de las personas que esperan impacientes. Bate sus alas y da varias pasadas hasta encontrar un lugar sobre el que aterrizar. El pájaro tiene las alas del color de la turquesa y el pecho escarlata. Todas pueden contemplar lo hermoso que es cuando se posa sobre una de las papeleras que hay en el centro del andén.

El murmullo del lunes en hora punta ha cesado. Se ha hecho un silencio de expectación en torno al animal. Solo se oye el roce de las ruedas del tren contra los raíles al hacer su entrada en el vestíbulo. Las personas no se montan en los vagones. Tanto las que esperaban como las que salen del metro se agolpan curiosas para ver al pájaro. Poco a poco se van sentando, haciendo una especie de círculo para poder contemplarlo como si estuviera subido en un pequeño escenario.

Es lunes. Hora punta. No es un lunes como los demás. El convoy parte vacío de la estación de Sol, que está cada vez más abarrotada de personas que se apretujan unas con otras rodeando al pájaro de alas del color de la turquesa y el pecho escarlata.
-¡Qué hermosura! -se oye murmurar- por fin.
-¿Cómo ha llegado aquí este animal?- pregunta una señora- ¿de dónde ha salido?
-¿Qué hacemos? -dice una chica muy delgada, que se apoya en una gran maleta verde- Porque, habría que hacer algo, ¿no?, -remacha con determinación.

Un hombre tranquilo, con aspecto de profesor de secundaria, se levanta y se sitúa en el centro del corro pidiendo calma. Con tono didáctico explica a los presentes que el pájaro que están viendo es un raro ejemplar de guacamayo gigante del Amazonas. Dice que se trata de un animal muy listo y muy sensible, y que hay que tratarle con cuidado.
-Nada de movimientos bruscos a su alrededor. Hagamos lo que hagamos -dice en medio de un gran silencio, solo interrumpido por la llegada de otro tren, que escupe de sus tripas más y más personas, volviendo a partir vacío- no hay que asustarle, de lo contrario podría perder el habla.
-¡Ah!, ¿pero estos bichos hablan? –inquiere, con curiosidad, un hombre con cara de aburrido empleado de banca.
-¡Pues claro que hablan! -exclama un anciano impecablemente vestido-, ¡pues menudos son estos pájaros…!
-Propongo que llamemos a la protectora de animales-, se oye desde el fondo.
-¿A la protectora? Mejor sería avisar al zoológico. Seguro que se ha escapado de allí, comenta un chaval con pinta de jugador de baloncesto, que casi se cae a la vía por la presión de la gente.

El grupo va aumentando entorno al guacamayo de las alas del color de la turquesa y el pecho escarlata, que cualquiera diría que se siente fascinado al convocar tanta expectación. El animal hincha el plumaje de repente y extiende las alas mostrando sus vivos colores tropicales y la belleza elegante de las largas plumas del extremo de su cola,  provocando un prolongado “¡ohhhh!” de admiración de todos los presentes.

Los trenes se suceden en el andén del metro de Sol, este raro lunes en hora punta, sin que nadie se suba a ellos. Llegan más y más personas que se unen al corro, y el grupo crece y crece. El andén está abarrotado, a punto de reventar. Todo el mundo quiere opinar sobre cuál es la mejor manera de proceder.

Una hora después ya no se cabe. El recinto de la estación de Sol está atestado. Tanto, que las personas ocupan ya hasta las vías, desafiando la llegada de los trenes, que han tenido que ser retenidos causando un atasco de trenes nunca visto en la ciudad.

El caos y el ruido invade por completo el espacio. Los que están más cerca del guacamayo permanecen sentados en el suelo levantando la mano para pedir su turno para hablar, pero resulta inútil, nadie hace caso ya. Muy al fondo, se oyen los silbatos de los guardas del metro que intentan abrirse paso a empujones entre la multitud, cuando el pájaro grita de repente con las alas del color de la turquesa completamente extendidas. Se hace un silencio tal que solo se escucha con nitidez el “tic, tac” del reloj de cadena que lleva colgado de un bolsillo de su chaleco el anciano impecablemente vestido. 

Es lunes. Hora punta. No es un lunes cualquiera en la estación del metro de Sol. Es el primer lunes de la era del guacamayo de las alas del color de la turquesa y el pecho escarlata.



VOLVER

 

d e v e z e n c u e n t o . w e bs . c o m