Recuerdos de Belén Ordoñez:
Los veranos en Málaga siendo adolescentes

 

Carmina y Belén Ordoñez, adoslecentes,
con sus padres


Era la época de los guateques, de Bonnie and Clyde, de Love Story... Conseguimos ir al cine con permiso y empezamos también con los guateques. En Madrid había muchos, pero donde realmente lo pasábamos mejor era en Málaga, en verano...

...(un poco más adelante)

De adolescentes nos pintábamos como puertas y nos vestíamos de “chicas mayores” para colarnos en el cine. Un día mi madre decidió llevarnos a ver El milagro de la vida, porque aparecía un parto en directo. Pidió permiso a Lola Flores para que viniera Lolita, y lo mismo a la madre de Charo Vega. Consideraba que con la edad que teníamos nos venía bien verlo. Cuál fue nuestra sorpresa al comprobar que en el cine no había más que hombres. Éramos las únicas mujeres.

Todos íbamos a la misma playa, que era un club privado, El Candado. Y por las tardes hacíamos reuniones que consistían en juntarnos en casa de alguno de nosotros, poner música, comer pipas y bailar. Era muy divertido porque bailabas y te sentabas hasta que te volvían a sacar y si alguno te sacaba más de lo habitual, ya estabas saliendo con él. Muy complicado todo, ahora es muy diferente. Pero me da pena que nuestros hijos no hayan bailado Pata-Pata, de Miriam Makeba, o Noches de blanco satén.

 

Unas jovencísimas Carmina y Belén Ordoñez


Así pasaron nuestros doce y trece años, cuando nos castigaron por suspender y nos mandaron a Ronda a la recién estrenada casa y no a Málaga donde tan bien lo habíamos pasado y tantos y tan buenos amigos teníamos…

…(y un poco más adelante)

Ese verano también nos rondaban Miguel Moya y Eduardo Martos, que venían a Ronda a vernos. Volvió a ser una situación divertida. A Carmen le gustaba Miguel y a mi Eduardo. No sé lo que pasó que acabamos cambiando. Cogíamos tila de los tilos a los que subíamos con una escalera por la noche, oyendo a Ottis Reading, a Sergio Mendes y a Armando Manzanero. Pero todo muy normal, sin malos rollos, y muy platónico.

Belén Ordóñez / Recuerdos. Ediciones Espejo de Tinta, 2006; pp. 40, 41 y 43 (frags.)

 

He escogido este texto del libro autobiográfico de Belén Ordoñez (1956-2012) para ilustrar el apartado de Reliquias Guatequeras por varios motivos. El primero es porque está “rodado” en Málaga, en un periodo en el que yo debía tener 14,5-15,5 años aproximadamente (sus doce y trece años), y hace referencia a temas que me son familiares y que considero retratan algunos aspectos de una determinada época.

Para empezar, el pintarse y vestirse como personas mayores con el fin de aparentar tener una edad superior a la que realmente se tenía y, de esta forma, tratar de colarse, disimuladamente, en el cine cuando proyectaban películas clasificadas como no aptas para tu edad. No siempre se daba el pego, pero los que controlaban la entrada solían hacer la vista gorda en aras del negocio. Joaquín Sabina, por ejemplo, también se hace eco de tales episodios en su magnífica canción Una de romanos, donde dice: “si estrenaban Cleopatra y pedían el carnet, yo iba con corbata y pomada que cura el acné”. Por supuesto el carnet se te había olvidado en casa porque al ser menor de edad no lo tenías. En fin: las muchas veces irresistibles ganas de ser mayor cuando se es joven, de acceder al mundo prohibido de los adultos, de imitarlos y comportarse como ellos, de dejar de ser niño y que te traten como tal. Aunque también los hay que se resisten a madurar.

Lo segundo que cuenta referente a la película El milagro de la vida, además de ser patético, es un fiel reflejo de la represión sexual del nacional-catolicismo de la dictadura franquista, que ya desde mediados de los 60 empezaba a mostrar síntomas significativos de flaqueza como consecuencia de la llegada masiva de turismo europeo con una mentalidad y unas costumbres más liberales (*). Dicha película, en realidad titulada Helga (el milagro de la vida), se proyectó en España en las salas de Arte y Ensayo, donde en la espesura de cintas supuestamente vanguardistas o experimentales, a veces complejas, cuando no ininteligibles, era posible ver alguna teta perdida, un torso desnudo insinuante, etc. Estábamos en los prolegómenos de lo que después se llamaría “el destape”. Y efectivamente, ante la perspectiva de poder observar un simple cuerpo de mujer desnudo, los hombres acudimos en masa a verla, los más tímidos con la coartada o excusa de que la película tenía un carácter documental y de divulgación casi científica, que diría el genial Woddy Allen, un maestro en descubrir crudamente, sin tapujos, nuestras interioridades. Así que, como contrapartida, nos tragamos nada más y nada menos que un parto. ¡Verdaderamente excitante!. Algunos, incluso, no pudieron aguantarlo y tuvieron que ser asistidos por mareos o lipotimas (ya saben como se las suele gastar el sexo fuerte para estas cosas), o abandonaron la sala decepcionados y cabizbajos, raudos y veloces. De erótica, la verdad, no tenía nada; todo lo contrario.


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Cartel de "Helga (el milagro de la vida)" y una de las salas de cine de arte y ensayo donde se proyectó.
La película fue un rotundo éxito de público, sobre todo masculino


Fotocromos con escenas de "Helga (el milagro de la vida)", que vi en el cine Atlántida de Málaga,
sala a la que debí ir muy poco porque sólo la asocio con esta película y la terrorífica
y repugnante "La noche de los muertos vivientes", que no terminé de ver


La película es de 1967 y, aunque algo mutilada por la censura, se estrenó en España a finales de 1968, concretamente en el Cine-Estudio Atenas de Barcelona. Sin embargo a otras capitales de provincia, como Málaga, tardaría en llegar algunos años. En todas partes Helga batió marcas de taquilla y se convirtió, según dicen, en un fenómeno sociológico, que a mi entender es muy fácil de explicar. Dirigida por Eric F. Bender y producida nada menos que por el Ministerio de Sanidad de la República Federal Alemana, narra la vida íntima de una joven y el proceso que va desde la concepción de un hijo hasta su nacimiento. Su objetivo, por lo visto, era la educación sexual de los adolescentes, a los que estaba destinada. Ni que decir tiene que, salvo excepciones como la de Belén Ordóñez, que iba acompañada de su madre, en España no pudieron verla por estar clasificada para mayores de 18 años. Viva la ignorancia, la chispa de la vida.

A continuación habla de que todos sus amigos iban a la playa de El Candado, un club privado situado en las afueras de El Palo. Efectivamente, en aquel tiempo y hasta la llegada de la democracia, había en Málaga algunas playas privadas como la del referido club, que además todavía tiene un pequeño puerto para embarcaciones de recreo y yates. Otras playas privadas eran la de Los Baños del Carmen, en Pedregalejo, y la de La Residencia Militar y la del Club Mediterráneo, en La Malagueta. El Club El Candado, con su club náutico y su campo de golf, estaba muy de moda entonces entre la gente “bien” o con cierto nivel adquisitivo de Málaga; al igual que antes lo estuvo el Club Mediterráneo.


Puerto del Club Naútico El Candado (Málaga), probablemente a principios de los 70.
En primer plano "La carreterilla", construída sobre el trazado del tren La Cochinita


El Candado (Málaga): en primer plano, el puerto y, a su derecha, la playa.
También puede verse parte del campo de golf (franja verde a la izquierda de la imagen
por encima del Club Naútico)


También menciona las reuniones que hacían por las tardes en casa de alguno de ellos para escuchar música, comer pipas y bailar canciones como Pata-Pata o Noches de Blanco Satén (qué bien escogidas las muestras). No sé ahora, pero comer pipas en el cine de verano, en la playa, en casi todas partes; era una costumbre muy habitual en Málaga, una seña de identidad. También comenta lo que yo cuento en “Bailar agarrado”, que las chicas estaban a verlos venir, y añade un matiz más: “si alguno te sacaba más de lo habitual, ya estabas saliendo con él”. Así era. Ahora bien, no creo que actualmente las relaciones entre adolescentes sean menos complicadas que antes, como ella parece insinuar, aunque sí más escasas, pues las exclusivamente cibernéticas o virtuales no cuentan a estos efectos.


Dibujo que rememora un guateque o, como se decía
en Málaga, una reunión


Para finalizar he puesto un párrafo que expresa muy bien la fragilidad y volatilidad del amor a esas edades un tanto confusas. “A Carmen le gustaba Miguel y a mí, Eduardo. No sé lo que pasó que acabamos cambiando”, dice. Por cierto, si no mal recuerdo, Miguel Moya y Eduardo Martos, los dos ronda-dores, eran compañeros míos del colegio San Estanislao de Kostka, en Miraflores de El Palo, famoso no sólo porque yo estudié allí, sino también porque Ortega y Gasset fue alumno de dicho centro. Eso es todo. Dejo para otro momento hablar sobre la magia de los veranos en Málaga durante la adolescencia y primeros años de juventud.


NOTA


(*) La paulatina generalización del bikini en los 60, con dimensiones cada vez más reducidas y escotes progresivamente más generosos, y la irrupción de la minifalda en la segunda mitad de dicha década hasta cotas insospechadas; son dos ejemplos representativos. Y por si esto fuera poco, en el primer lustro de los 70 se produjo un hecho insólito que aún me causa asombro: que se escuchara por doquier la canción "Je t'aime moi non plus" (1969) de Serge Gainsbourg, interpretada por Jane Birkin y el propio autor. Realmente el régimen del ya anciano Generalísimo se tambaleaba.


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Rita Hayworth y Brigitte Bardot, símbolos sexuales de los años 40 y 60, respectivamente,
con bikinis característicos de esos años. El biquini fue reinventado en 1946 por el francés Louis Reard,
pero su uso no se permitiría en España hasta 1952, siendo Benidorn la primera localidad hispana
en la que, a riesgo de excumunión, dictó una ordenanza para levantar la prohibición



Pintura de época romana que representa mujeres vestidas con bikinis
practicando diferentes juegos y ejercicios físicos. Nada nuevo bajo el sol.
Y con la minifala tres cuartas de lo mismo

 


Massiel, en el festival de Eurovisión de 1968,
con un vestidito muy corto (Foto: REX)

 

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