La Mandrágora, por Octavio Colis


Durante el tiempo que escribí y dibujé en el periódico de Z en Madrid, abrieron unos cuantos cafés en los que se celebraban tertulias y actuaciones indispensables para el reconocimiento hoy de la modernidad posfranquista madrileña. El barrio de Malasaña, y especialmente la calle San Vicente Ferrer, acogió a los que me son más queridos: obviamente el Café Estar, al que llegamos por Jesús Aparicio que estaba harto del Comercial y había encontrado, según nos dijo, el lugar en el que pasaríamos el resto de nuestras vidas porque el café era bueno y el alcohol no era de garrafón, el ambiente encantador porque el dueño era encantador (Pedro Sahuquillo), la música ambiental permitía charlar y, por fin: los camareros no eran escritores o artistas frustrados, cosa muy habitual en los cafés de ambiente cultural en Madrid (especialmente en el Gijón, Lyon y Comercial). A la vez que el de Sahuquillo abrieron Juan Mantrana y su socio el Café Manuela y algún tiempo antes, en la calle Andrés Borrego, lo había hecho La Aurora. Y en la parte castiza del Madrid tradicional o de Los Austrias, abrieron Enrique Cavestany y sus socios el inimitable lugar que todo el mundo que se precie y diga fue coprotagonista y conocedor del Madrid de aquellos días tuvo que frecuentar asiduamente: La Mandrágora. Pero si todos los que dicen haber pasado por aquel lugar de La Cava Baja diariamente hubieran estado al menos una sola vez, hubieran consumido algo y lo hubieran pagado, habría sido un éxito económico, cosa que no resultó así, para desgracia de sus promotores durante el tiempo que permaneció abierto el lugar, apenas cuatro años. En fin, no hay que hacer caso de todos los que afirmen estuvieron allí muchas veces, ni hay que tomárselo en consideración, es un síndrome muy contagioso.


Detalle de una foto de grupo, realizada en el café-bar La Mandrágora, en la que aparece,
de izquierda a derecha: el cantautor Hilario Camacho; Annick, la mujer de Javier Krahe;
y Lucía, la primera mujer de Joaquín Sabina


La referida foto de grupo, aunque algo recortada. En ella aparecen, además de los ya citados
y entre otros, el propio Octavio Colis, a la derecha; Joaquín Sabina, en el centro;
y Enrique Cavestany, de pie también y segundo por la izquierda


En La Mandrágora se reunieron y actuaron gran parte de los artistas e intelectuales (y varios) del emergente espíritu creativo y cavilante del Madrid posfranquista. Actores, artistas visuales, músicos y cantautores, periodistas, poetas, escritores, otros inclasificables, osos mañosos (artistas multidisciplinares los llama tranquilamente Manuel López) y, hasta prestidigitadores, como Juan Tamariz, Pepe Franco (conocido más tarde como Pepe Carroll), Ignacio Brieva, Salvador, Pepe Regueira y, en su vejez, también actuó allí excepcionalmente el maestro de todos ellos: Fracson. Aunque con el paso del tiempo La Mandrágora parece ser recordada sólo por la música de los tres cantautores (Pérez, Krahe y Sabina), en aquel sótano actuaron también grupos de teatro como Inutensilios Varios; o grupos raros, como Zarpa, que llevaban máscaras de la isla de Java y que protagonizaban strepteases; o se reunían esotéricos que llevaba Juan García Atienza: Enrique de Vicente, Fernando Ruiz de la Puerta, Javier Ruiz, Jiménez del Oso; o actuantes del cabaret gay de Carlos Patiño: En algún lugar te espero; o del mucho más gay Teatro Real de Sevilla que interpretaban Rareza Sevillana; hasta actuó un faquir, Rhama Khan… Y ya veo que si sigo por este camino me va a salir sin remedio una larga relación como de tractatus consuetudinibus movidae madragorensis, y no se me ocurre la forma de evitarlo y, por excusarme, trato de pensar que quizá pueda servir para algo. Consulto a Enrius y él me guía, siempre lo hace, aunque advirtiéndose también, como yo mismo me advierto, del riesgo de olvidarnos de alguien, incluso de los que no nos querríamos olvidar. Y por ello decidimos finalmente señalar que nombraré sólo a algunos de los que allí actuaron. Aunque para mí La Mandrágora no sólo la constituyeron sus actuantes, de hecho recuerdo a la mayoría de ellos cuando van apareciendo en la lista, sino los espectadores. Los más conspicuos se convertirían en parte esencial del lugar, ya que los actuantes eran sustituidos siempre por otros, pero ellos no, porque eran insustituibles. El primero que me viene a la cabeza, y bien puede representarlos a todos, es Joseche Díaz Pastor, con el que vivimos entonces, después y ahora, momentos inolvidables, y también Carmen Atienza, una rara avis, de esas que sólo dice cosas agradables cuando te la encuentras. Dos indispensables del grupo de “las buenas personas de Miguel Tomás Valiente” por los que merece la pena que hubiesen existido esos lugares en los que los encontramos. También acudieron princesas de cera y príncipes desencantados, pesados y aprovechados, fingidores y trepas, algunos tuvieron éxito y a otros se los llevó el tiempo, la heroína o el fracaso; mujeres encantadoras que no nombraré y otras desencantadas que se consumieron poco a poco sin conseguir retener lo que más querían, aunque lo que más querían fueran exitosos picaflores ripiosos; jovencitos que se asomaban a la montaña mágica y resbalaban o no, que se estrellaban o huían. Miradas, roces, aventuras, desengaños, en La Mandrágora, como en cualquier parte. Enrique, con sus socios, Ricardo, Ángel y Manolo, abrieron el local en diciembre de 1978, y enseguida lo tuvieron lleno. La imagen corporativa de La Mandrágora la hizo Alberto Corazón y nada más entrar en el local, en las paredes de la parte de arriba, lucían dos enormes batik en bastidor de Justo Barboza. Al fondo, tras la barra y la escalera que conducía a la cava, había una pequeña sala de exposiciones (en la que expusimos alguna vez Enrique, Pepe Mateo Más o yo, entre otros), y una cocina de la que salían sabrosos platillos para cenar (recuerdo especialmente las lentejas) y, a veces, también aparecían la preciosa sonrisa de Begoña -que siempre tenía que marcharse enseguida a cuidar de los niños Juan, Tomás y Gabi, los hijos de Cavestany Sánchez, o la no menos amable y afanosa sonrisa de Piluca. Algunos domingos, los magos de Tamariz prestidigitaban en familia para los hijos de todos nosotros. Este tipo de actuaciones y otras similares eran propiciadas por Enrius que ha sido siempre muy familiar en el trato con sus amistades. Yo también creo que no hay por qué conformarse con la familia del Damocles Genético ya que la verdadera familia hay que conformarla a través de la vida de cada uno. ¿Y el municipio?, pregunta Miguel Ángel Benito, que está un poco harto de esta lista interminable de la que no puedo escaparme y sigo dando relación… El municipio también se elige, como la familia, le digo. Pongamos que hablo de Madrid… canturrea Benito.


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Julia Léon y Javier Krahe (izda.), y Chicho Sánchez Ferlosio (dcha.),
en el café-bar La Mádrágora de la Cava Baja de Madrid

 

Forges (Antonio Fraguas de Pablo), Enrius (Enrique Cavestany) y Rosa Montero
en el café-bar La Mandrágora de la Caba Baja de Madrid.


Por esto que nos hemos propuesto, por seleccionar con tiento, diré que uno de los primeros en actuar en LM fue Andreas Prittwitz, recién llegado a Madrid, que interpretó música barroca, porque antes y durante los clásicos por los que es recordado el lugar actuaron grupos corales, de música folk, de jazz; guitarristas del metro que interpretaban a Granados; trovadores; recitadores; marionetistas; oradores; poetas malditos y malditos poetas, de los que recuerdo especialmente a Eduardo Haro Ibars y a Leopoldo Panero; Fernando Sánchez Dragó (en su faceta de escritor de libros como Gárgoris y Habidis); Camilo José Cela, a propósito de los romances de ciego; Rafael Fraguas -con media redacción de El País- cantando o contando chistes; Jesús Hermida, relatando aventuras para quien no se hubiera enterado todavía de su corresponsalía en New York, a través de la cual, fundamentalmente aprendió inglés con acento neoyorquino; Rosa Montero, Peridis, Forges; actuaciones memorables como las de Carmen Santonja y Gloria van Aerssen, Vainica Doble; presentaciones de los primeros cortos en súper 8 de Pedro Almodóvar y Jaime Chávarri, con la presencia de Eusebio Poncela, Carmen Maura, Antonio Banderas, y García Tola (que siempre estaba a la que saltaba); Jean Pierre Torlois acompañando con su creativa guitarra a todo el que se lo pidiese (incluso yo, una sola vez, le acompañé a la guitarra, junto con Gaspar Payá, en una actuación de la encantadora Teresa Cano); y, aunque sólo como espectadores, también vimos algunas veces a Luis Eduardo Aute y al empalagoso Amancio Prada, quienes nunca quisieron actuar en el antro. Sí lo hicieron Hilario Camacho; Chicho Sánchez Ferlosio y Rosa Jiménez; Flora Pino (que también echaba las cartas), Guillermo y Rodrigo (Mores y Bretes); La Karamba Ochichornia; Joaquín Carbonell; Javier Ruibal; Claudina y Alberto Gambino; Connie Freire, Horacio Icasto y Luis Miguel Philip; Juan Bardem; y muchos otros. Pero fueron Javier Krahe, Joaquín Sabina y Alberto Pérez quienes dieron esplendor a La Mandrágora. Sólo por ellos es también recordada, fundamentalmente por los que no estuvieron nunca en La Mandrágora, ni una sola vez.


(Texto extraído de "Madrid: La ciudad de los encuentros (7)", publicado en Periodistas en Español.
Fotografías gentileza de Octavio Colis y Enrique Cavestany)

 

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Joaquín Sabina, Javier Krahe, Alberto Pérez y Antonio Sánchez
en el café-bar La Mandrágora, donde grabaron un disco (LP) en directo
con el nombre de dicho local, y en cuya contraportada
figuran éstas fotografías

 


Local en la Cava Baja 42 de Madrid
que fue café-bar La Mandrágora

 



La mandrágora, planta

 

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